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¿A qué le tienes miedo?: Vence tus temores con la fe (Spanish Edition)

¿A qué le tienes miedo?: Vence tus temores con la fe (Spanish Edition)

by David Jeremiah

ISBN: 9781414380551

Publisher Tyndale House Publishers, Inc.

Published in Religion & Spirituality

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Sample Chapter


CHAPTER 1

DESASTRES: Miedo a una calamidad natural

No temeremos cuando vengan terremotos y las montañas se derrumben en el mar.

Salmo 46:2


Por lo menos los Trowbridge tenían un lugar para esconderse: el sótano de un vecino. Kelcy, su esposo y sus tres hijos entraron a su oscuridad fría, se acurrucaron debajo de una colcha y oyeron las sirenas de advertencia que sonaron un lunes por la tarde en mayo de 2013. Los Trowbridge vivían en los suburbios de la Ciudad de Oklahoma y un tornado mortal se avecinaba.

La familia solo se pudo sentar; se tomaron de las manos y oyeron cómo las sirenas dejaron de oírse por los ruidos que eran más fuertes y mucho más terribles. El alarido del viento se aproximó a la casa y se escucharon violentos golpes contra la puerta del sótano. Los niños comenzaron a llorar. «Shhh, solo son los escombros —dijo Kelcy—. Las cosas sueltas que vuelan por todas partes y golpean las paredes».

Luego, después de unos cuarenta minutos, hubo un silencio estremecedor. Los Trowbridge salieron a la luz de un mundo que no reconocieron. Su vecindario estaba en ruinas. ¿Dónde estaba su casa? Yacía plana en la tierra, como las filas de otras casas en su calle. ¿Dónde estaba el automóvil de la familia? Finalmente descubrieron que se había elevado en el aire, se había desplazado por la calle y después había caído sobre su techo.

Uno por uno, los vecinos salieron, todos sin palabras. Donde habría habido pájaros trinando, solo había el sonido de sollozos acallados. Allí estaban los restos de sus vidas y la pérdida de ilusiones agradables: ilusiones de estabilidad y de seguridad en un mundo racional.

El señor Trowbridge no era de los que se quedaban parados. Se puso a trabajar recuperando y clasificando cosas, pero después de un rato se detuvo abruptamente.

«Llamen a la policía», dijo en un tono monótono.

Allí, en medio de ladrillos, tubos y escombros, había una niña no mayor de dos o tres años. Estaba muerta. El señor Trowbridge permaneció estoico hasta que llegó la policía; luego se descontroló y lloró por la niña, por su familia y por la violencia de la tierra.

Mientras tanto, cerca de la escuela primaria Plaza Towers, Stuart Earnest Jr. vio y oyó cosas que sabía que lo atormentarían por el resto de su vida. El tornado había atacado directamente a la escuela. Siete niños habían perdido la vida y Earnest no podía alejar los ruidos de la tragedia. Oía las voces de los que gritaban pidiendo ayuda y los gritos, igual de desgarradores, de los que trataban de llegar para ayudarlos.

Un niño de cuarto grado llamado Damian Britton estaba entre los sobrevivientes de Plaza Towers, gracias a una maestra valiente que le había salvado la vida. A Damian le parecía que todos los horrores habían ocurrido en un período de cinco minutos, antes de que los estudiantes salieran de sus escondites. En todas partes era básicamente lo mismo: cinco minutos cortos para los pequeños, o para cualquier otro, para aprender esas lecciones tan profundas de vida y de pérdida.

Tengo que decirte que es difícil narrar esas historias. Sería mucho más fácil mantener el tono placentero y cómodo, incluso en un libro acerca del miedo. Por supuesto que el problema es que las historias son verdaderas y lo sabemos. Ellas pueden volver a ocurrir en otros cinco minutos, o mañana, o el día siguiente. Cada año, las noticias nos dan otro recuerdo más de que las fuerzas naturales que gobiernan este planeta son turbulentas e inestables.

Vivimos en una clase de negación necesaria. Continuamos con nuestra vida diaria como si tuviéramos garantías de seguridad que simplemente no son posibles en esta vida. Nos felicitamos por nuestros avances impresionantes en tecnología y pretendemos haber conquistado cada desafío para la vida y para la salud. Sin embargo, no es así. La naturaleza es maravillosa e inspiradora, pero es también monstruosa e inhumana.

En el 2004, la gran tragedia fue el tsunami del Océano Índico, que mató a doscientos treinta mil personas. Me cuesta asimilar esa cantidad. En el 2005 tuvimos el huracán Katrina. ¿Y quién puede olvidar el 2010 y el 2011? El terremoto en Haití le costó la vida a otras doscientas veinte mil personas; el tsunami de Japón, por lo menos a quince mil.

No obstante, esos solamente son los acontecimientos climatológicos de primera plana. Hay demasiados terremotos, incendios, inundaciones, huracanes, tornados, hambrunas, tormentas y tsunamis como para que siquiera llevemos la cuenta. Los desastres naturales se propagan en nuestro mundo y nos cuestan incontables millones de dólares y, más significativamente, cientos de miles de vidas.

Los desastres naturales hacen que surjan muchas preguntas en cuanto a la naturaleza de nuestra seguridad, de nuestro miedo a lo incontrolable y, especialmente, acerca del carácter de Dios. Esas preguntas necesitan respuestas. Sin embargo, me gustaría abrir la discusión hablando de un personaje bíblico que experimentó dos desastres naturales en el período de veinticuatro horas. Su nombre, por supuesto, era Job.


LOS DESASTRES NATURALES EN LA VIDA DE JOB

Job se ha convertido en el modelo por excelencia para soportar los desastres, y si alguna vez hubo alguien que pensáramos que no lo merecía, ese era Job. Los primeros versículos de su libro dan testimonio en cuanto a Job en cuatro áreas. En primer lugar, aprendemos acerca de su fe, que «era un hombre intachable, de absoluta integridad, que tenía temor de Dios y se mantenía apartado del mal» (Job 1:1). Job no era alguien sin pecado, pero era maduro de carácter y era un hombre honrado.

Job se distingue también por su fortuna: «Poseía siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes y quinientas burras; también tenía muchos sirvientes. En realidad, era la persona más rica de toda aquella región» (Job 1:3).

En los días de Job, la riqueza se calculaba en relación con la tierra, animales y sirvientes, y Job tenía esas tres cosas en abundancia. Era el hombre más rico de su época.

No era solamente un hombre de fortuna sino de familia. El primer capítulo nos dice que había criado hijos e hijas que eran muy unidos. Hacían grandes fiestas de cumpleaños unos para otros, después de las cuales su padre hacía sacrificios a Dios por ellos. Él decía: «Quizás mis hijos hayan pecado y maldecido a Dios en el corazón» (Job 1:5). La fe y la familia estaban entrelazadas para él.

Por último, él tenía muchos amigos. Algunos son famosos por su papel en el libro de Job, pero sin duda había muchos más que no fueron mencionados. Job 2:11 relata cómo un grupo de sus amigos más cercanos llegaron a acongojarse con él después de las grandes pérdidas que sufrió. Si sabes algo del relato de Job, recuerdas que esos amigos terminaron defraudándolo. Aun así, eran sus amigos y llegaron de lugares lejanos a ministrarlo en su tiempo de necesidad.

Estaban en lo correcto al sentarse con él para ayudarlo a llevar la carga de su duelo. Donde se equivocaron fue en que intentaron darle explicaciones y soluciones trilladas para una situación que era todo menos simple. Al final, provocaron lo peor y no lo mejor de Job. Aun así, se nos dice que él los perdonó y que hubo reconciliación (Job 42:9-11).

Lo que esos amigos no podían saber, ni tampoco el mismo Job, era que las fuerzas espirituales estaban funcionando mucho más allá de lo que ellos se daban cuenta. Los detalles se relatan en Job 1:8-12:

Entonces el Señor preguntó a Satanás:

—¿Te has fijado en mi siervo Job? Es el mejor hombre en toda la tierra; es un hombre intachable y de absoluta integridad. Tiene temor de Dios y se mantiene apartado del mal.

Satanás le respondió al Señor:

—Sí, pero Job tiene una buena razón para temer a Dios: siempre has puesto un muro de protección alrededor de él, de su casa y de sus propiedades. Has hecho prosperar todo lo que hace. ¡Mira lo rico que es! Así que extiende tu mano y quítale todo lo que tiene, ¡ten por seguro que te maldecirá en tu propia cara!

—Muy bien, puedes probarlo —dijo el Señor a Satanás—. Haz lo que quieras con todo lo que posee, pero no le hagas ningún daño físico.

Entonces Satanás salió de la presencia del Señor.


Armado con el permiso de Dios, Satanás se puso a trabajar, y la ruina de Job llegó rápidamente con cuatro calamidades que ocurrieron en un solo día. Estas eran las condiciones: Satanás podía atentar contra las posesiones de Job, pero no contra su persona. Por lo que se inició el gran experimento, pero lo que ya vemos es que está claro quién está a cargo de este mundo. El diablo puede probar a Job, pero no sin el permiso de Dios. Nuestro Dios reina y no podemos darnos el lujo de olvidarlo durante una discusión de desastres, ni en ninguna otra ocasión.

¿Qué le das al hombre que lo tiene todo? Desastres, algo que Job todavía no había experimentado. Comienza en uno de esos banquetes, con los hijos e hijas reunidos, riéndose y disfrutando de la compañía mutua.

Un mensajero se acerca a Job con noticias perturbadoras. Unos invasores sabeos descendieron a su propiedad, se robaron el ganado de Job y mataron a sus sirvientes. Solo ese mensajero había sobrevivido para llevar la noticia (Job 1:13-15).

No obstante, aun antes de que el sirviente terminara con su relato, antes de que Job lo asimilara todo, la puerta se abre y otro mensajero se para allí. Está pálido, con los ojos bien abiertos mientras susurra: «Cayó del cielo el fuego de Dios y calcinó a las ovejas y a todos los pastores» (Job 1:16).

En ese momento parece que el día de Job no puede ponerse peor, pero un tercer mensajero está justo atrás. La frase: «Mientras este mensajero todavía hablaba» se usa tres veces en este pasaje. Por lo menos para Job, el antiguo adagio es cierto: las desgracias nunca llegan solas.

El tercer mensajero trae noticias de que ha habido una invasión de los caldeos. Se han robado los camellos, han matado a los sirvientes y sí, han dejado un solo mensajero afligido (Job 1:17).

Mucho le ha salido mal a Job, calamidad tras calamidad, pero antes de que pueda encontrarle sentido a todo esto, o de formular cualquier clase de plan de recuperación, cae el tiro de gracia:

No había terminado de hablar el tercer mensajero cuando llegó otro con esta noticia: «Sus hijos e hijas estaban festejando en casa del hermano mayor y, de pronto, un fuerte viento del desierto llegó y azotó la casa por los cuatro costados. La casa se vino abajo y todos ellos murieron; yo soy el único que escapó para contárselo».

JOB 1:18-19


Junto con todo lo demás, Job debe haber sido bendecido con un corazón fuerte. ¿Puedes imaginar recibir semejantes noticias? Él estaba dedicado a sus hijos; constantemente los llevaba ante Dios. A pesar de toda su intercesión, habían muerto de un golpe. Él enfrenta diez tumbas recién cavadas y un silencio doloroso desde el cielo. ¿Por qué, Dios?

El libro de Job siempre ha sido el libro apropiado para ayudar a la gente a sobrellevar la existencia y los efectos del mal. Al principio, el libro nos muestra tres fuentes principales del mal. Primero, hay personas malas, como los sabeos y los caldeos que mataron a los siervos de Job y se robaron sus bueyes, burros y camellos. Luego, muestra el mal destructor de los desastres naturales en el incendio que destruyó a las ovejas y a los pastores de Job, y la tormenta de viento que mató a los hijos de Job. Y detrás de todo, vemos el mal a un nivel cósmico en manos de Satanás que, con el permiso de Dios, orquestó todo el desastre.

Ya que los eruditos consideran que Job es el libro más antiguo de la Biblia, sabemos que el problema de los desastres naturales ha estado con nosotros durante todo el tiempo que los humanos han caminado en la tierra. La Biblia no pasa por alto las preguntas más difíciles de la vida; no trata de hacernos esquivar la mirada. Se nos invita a pararnos con Job en el cementerio, a que veamos las cenizas de sus sueños y le preguntemos a Dios: ¿Por qué? La primera pregunta que evoca esta historia en particular y los desastres naturales en general es esta: ¿Qué dicen de Dios estos desastres recurrentes?


LOS DESASTRES NATURALES Y LA REALIDAD DE DIOS

A Dios no se le puede divorciar de los desastres

Algunos dicen que a Dios ni siquiera debería incluírsele en la discusión de los desastres, ya que él no tendría nada que ver con semejante mal. La explicación es algo así: Dios creó el mundo, pero no participa en su funcionamiento. Esta filosofía se llama deísmo. Acepta la existencia y la bondad de Dios, pero lo aleja de cualquier cosa que ocurra en el mundo que creó.

Creo que muchos cristianos frecuentemente adoptan cierta clase de deísmo en un intento de disculpar a Dios. Nos permite afirmar la bondad de Dios en vista de los males terribles simplemente al decir que no son su culpa. Él creó un mundo bueno y no debería culpársele si todo sale mal. No obstante, las Escrituras son claras en que Dios está obrando activamente en el universo (Job 37).

Otra manera en la que liberamos a Dios de responsabilidad por los desastres es echándole la culpa a Satanás por ellos, pero sabemos por nuestro estudio de Job que Satanás no puede hacer nada sin el permiso de Dios (Job 1:8-12). Si Satanás tiene que obtener permiso de Dios para hacer lo que hace, entonces Dios todavía está en control y reina en los asuntos humanos. La gente percibe su control, sobre todo cuando llama a los desastres naturales «actos de Dios».

Así que el hecho de que digamos que Dios no está involucrado en esos acontecimientos cataclísmicos es demasiado simplista para explicar todos los hechos. Ya sea que nos resulte cómodo o no, debemos discutir este asunto con integridad teológica. La Biblia nos enseña que Dios es soberano; él reina tanto en los momentos agradables como en los que no son tan agradables. Veamos algunas de las razones por las que existen los desastres en un mundo que Dios controla.


Dios emplea los elementos de la naturaleza para el funcionamiento del mundo

La Biblia contiene muchos pasajes que refutan la idea de que Dios puso en marcha la naturaleza y ahora deja que funcione a su antojo. Los siguientes pasajes bíblicos presentan a un Dios activo que está involucrado íntimamente en el control y sustento de todos los acontecimientos del mundo natural. Aquí tienes una pequeña muestra:

El Señor hace lo que le place por todo el cielo y toda la tierra, y en los océanos y sus profundidades. Hace que las nubes se eleven sobre toda la tierra. Envía relámpagos junto con la lluvia y suelta el viento desde sus depósitos.

Salmo 135:6-7


Él da la luz de su sol tanto a los malos como a los buenos y envía la lluvia sobre los justos y los injustos por igual.

Mateo 5:45

Él ordena que caiga la nieve en la tierra y le dice a la lluvia que sea torrencial. [...] El aliento de Dios envía el hielo y congela grandes extensiones de agua. Él carga las nubes de humedad y después salen relámpagos brillantes. Las nubes se agitan bajo su mando y hacen por toda la tierra lo que él ordena.

Job 37:6, 10-12


Dios emplea los elementos de la naturaleza en su oposición al mal

Dios no solo usa los elementos de la naturaleza para mantener al mundo funcionando, sino que también los usa como castigo o para llevar a su pueblo hacia la rectitud.

Al principio de la Biblia vemos que Dios envía un diluvio para destruir un mundo oscurecido por el pecado, y salva solo al piadoso Noé y a su familia (Génesis 6–8). Más adelante, cuando los israelitas vagaban en el desierto, Dios envió juicio a Datán, Abiram y Coré, que lo habían rechazado: «La tierra abrió la boca y se tragó a los hombres, junto con [...] todo lo que poseían» (Números 16:32).

Dios envió fuego para destruir a Sodoma y a Gomorra por su perversidad (Génesis 19:24); envió plagas para castigar a Egipto (Éxodo 7–12); creó una plaga que mató a setenta mil hombres debido al pecado de David al contar a la gente (2 Samuel 24:15); y envió una tormenta feroz para atraer la atención de Jonás y llevarlo al arrepentimiento (Jonás 1:4-17).

(Continues…)
Excerpted from "¿A qué le tienes miedo?: Vence tus temores con la fe (Spanish Edition)" by David Jeremiah. Copyright © 2013 by David Jeremiah. Excerpted by permission. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher. Excerpts are provided solely for the personal use of visitors to this web site.
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